Su sed de descubrimiento lo llevó en múltiples ocasiones a acercarse lo más posible a los volcanes. Su Explorer II, que utilizaba por encima de su traje térmico, le acompañaba al asadero de las erupciones volcánicas.
En una carta dirigida a Rolex en 1972, escribía a propósito de su reloj: «Acaba de superar con mención “muy bien” su primer —y durísimo— test volcánico: sobre el Etna, entre gases enormemente agresivos, ha funcionado a la perfección, no como los relojes de todos mis compañeros de equipo».