La gemología y el engastado son las dos disciplinas que permiten dotar a los relojes Rolex de diamantes, zafiros y otras piedras preciosas. Un control estricto de la calidad de las gemas, junto con diferentes técnicas especializadas, garantizan el perfecto brillo de los modelos engastados.

Con un gesto firme y fluido, el engastador sujeta con unas brucelas un diamante trapezoidal del tamaño de la cabeza de un alfiler. Lo coloca delicadamente en el interior de una cavidad alojada en el bisel de un futuro Oyster Perpetual Cosmograph Daytona de platino. La piedra sobresale ligeramente. El artesano excava cuidadosamente el carril metálico con su buril para retirar una imperceptible pajuela de material: la diferencia se ha reducido, pero no por completo. Retoma la operación, unas tres veces de media, hasta que la mesa de la piedra —su faceta superior— queda perfectamente alineada con su vecina. A este requisito imprescindible se suman las dimensiones de las gemas, que varían en proporciones ínfimas. Rolex tolera diferencias que no pueden exceder las dos centésimas de milímetro, es decir, ¡en torno al grosor de un cuarto de cabello! El artesano hace gala de todo su talento y experiencia para trabajar el metal y lograr una colocación óptima. Una vez concluida la operación, 36 diamantes formarán una anilla perfectamente homogénea y luminosa del bisel engastado. Esta sola operación representa todas las competencias y el savoir‑faire que Rolex domina de forma interna; empezando por la búsqueda de las piedras más hermosas, para posteriormente sacarles todo su partido. Y es que el arte del engastado consiste en garantizar la sujeción de cada gema y, sobre todo, en revelar su brillo y su belleza en todo su esplendor.

PUREZA, CLARIDAD, INTENSIDAD

Rolex engasta únicamente gemas de primera calidad. Ya se trate de diamantes o de piedras preciosas como rubíes, zafiros o esmeraldas, la calidad exigida ha de ser siempre la mejor. Esto afecta concretamente a la talla —que implica las dimensiones exactas de las piedras—, la pureza, el color y el número de quilates. El savoir‑faire de Rolex entra en juego desde la fase de control de calidad de las gemas, que consiste en afinar los cambios de tonalidad, y durante las operaciones de engastado propiamente dichas.

PUREZA, CLARIDAD, INTENSIDAD

PRUEBAS PUNTERAS

El riguroso protocolo de control aplicado a la recepción de los lotes de piedras preciosas requiere la intervención de un experto, así como de los dispositivos de medición más eficaces. Durante el análisis cualitativo, los diamantes y las piedras de color se someten a los mismos criterios. La forma en que las piedras están talladas, es decir, la simetría de sus facetas, así como su geometría, determina el modo en que la luz penetra en las gemas y sale, tras reflejarse en la culata (vocablo que designa el fondo de la piedra); influye, por tanto, directamente en su luminosidad. En el caso de los diamantes, una buena talla favorece la intensidad y el número de reflejos, que incluso pueden presentar tonos arcoíris. La pureza se refiere a la ausencia de defectos. Puesto que todas las gemas son de origen natural, la presencia de inclusiones no es extraña.

PRUEBAS PUNTERAS

Pero Rolex se queda únicamente con las más translúcidas. En lo que respecta a los diamantes, no deben presentar ninguna inclusión cuando se observan con una lupa con un aumento de 10x. El último criterio, el color, se evalúa siempre visualmente y requiere la pericia de gemólogos experimentados. Para llevar a cabo su trabajo, recurren a piedras‑patrón debidamente certificadas. Los diamantes que Rolex utiliza son los más incoloros; han de estar comprendidos entre las clases D y G de la escala del Gemological Institute of America, es decir, las más elevadas. Gracias a las pruebas realizadas con una serie de herramientas, en ocasiones desarrolladas especialmente para la marca, todas las piedras que se engastan son uniformes y de primera calidad.

De primera calidad

LA PACIENCIA DEL ENGASTADOR

A continuación, las piedras preciosas se ponen a disposición de los engastadores. Con gestos tan precisos como los de los relojeros, sellarán las piedras una a una sobre los relojes. Su labor consta de varias etapas.

LA PACIENCIA DEL ENGASTADOR

Empiezan por la colaboración con los diseñadores para acordar la disposición de las gemas y sus colores. El diálogo continúa con los ingenieros que se encargan de los componentes externos, es decir, todos los elementos del reloj que no tienen que ver con el movimiento propiamente dicho. Juntos estudian la futura ubicación de las piedras para preparar, con una exactitud de micrones, la pieza de oro o platino en la que serán alojadas. Su misión consiste en prever la cantidad exacta de metal necesaria para la sujeción de cada piedra.

La disposición y los colores

Posteriormente el engastador, armado de paciencia, se aplicará para colocarlas de modo óptimo. Ahí es donde interviene el gesto preciso de empujar delicadamente los fragmentos de metal que se dejan alrededor para inmovilizarla y asegurarla. Todo este talento se refleja en su capacidad para escoger la mejor herramienta, dar con el ángulo correcto y ejercer un movimiento de presión con la fuerza precisa. El pulido final hará relucir hasta la más mínima sujeción metálica y le conferirá a la pieza todo su brillo, un gesto que se repite hasta unas tres mil veces en determinadas esferas pavé de diamantes.

Una colocación óptima

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