DIRECTOR, EXPLORADOR Y TESTIMONIAL ROLEX, JAMES CAMERON POSEE UN OYSTER PERPETUAL SUBMARINER DESDE HACE DÉCADAS.

Movido por su pasión por el buceo, James Cameron nos cuenta cómo este reloj legendario se convirtió en un fiel aliado para él. Evoca sus extraordinarias aventuras, desde la exploración de las fosas marinas a la conquista de las cumbres hollywoodienses.

El Submariner siempre ha sido mi aliado, tanto durante mis exploraciones en aguas profundas como en el curso de mi carrera como director. Representa aquello a lo que yo aspiro: fuerza y fiabilidad a toda costa, excelencia y discreción, elegancia y compostura, sobriedad y confianza. Y para colmo, le gusta el océano: le gusta el agua y no teme a la presión. Como yo.

Cuando tenía veinte años y no tenía dinero, era un apasionado del buceo y la apnea. No buscaba un reloj de buceo; buscaba EL reloj de buceo, el que llevaban los buceadores a los que yo conocía y admiraba. Antes de comprarme el Submariner, sabía que era el mejor reloj para quienes formaban parte del mundo del submarinismo. Poseer uno significaba haber logrado el objetivo, ser un buceador reconocido; que el buceo no era solamente ocio, sino una misión; que el vínculo que nos unía al océano era profundo y se había forjado para durar.

«Llevar un Submariner era como llevar una alianza: un símbolo de unión con el mar».

Desde los inicios del buceo, el reloj es la herramienta más importante para mantenerse con vida en un mundo, hostil por naturaleza con el ser humano. ¡No hay aire! Por muy cautivadores que puedan parecerte los fondos marinos, no puedes demorarte. En un momento dado hay que regresar a la superficie, y es fundamental poder contar con tu reloj para saber exactamente cuándo hacerlo.

Aprendí a bucear en 1970. En aquella época los ordenadores de buceo no existían; aprendíamos a utilizar las tablas de descompresión de la marina estadounidense para saber cuánto tiempo podíamos permanecer en el fondo antes de haber absorbido demasiado nitrógeno. Nos sumergíamos con tres instrumentos: un reloj, un profundímetro y un manómetro en la botella para conocer la cantidad de aire restante. Y llegado el caso, un compás.

Los buceadores dependen literalmente de su reloj. Incluso hoy en día, como complemento de mi ordenador de buceo, ajusto siempre el bisel de mi reloj. Los ordenadores pueden fallar; mi Rolex no.

«Ponerme el reloj por la mañana antes de sumergirme forma parte de mi ritual de preparación mental y contribuye a la emoción que siento cada vez que me dispongo a explorar lugares en los que nunca he estado, o tal vez incluso nadie haya estado».

Cuando terminé Alien, el regreso en 1986, me concedí mi primer descanso después de haber dedicado tres años a abrirme hueco como director. Entonces decidí hacer un safari acuático de un año de duración para que el océano me perdonase por haberlo abandonado durante tanto tiempo. Como tenía algo de dinero, me permití el capricho de regalarme el Submariner con el que siempre había soñado. Así me uní al «club» de los buceadores de renombre a los que tanto admiraba.

El resto es historia. Este reloj no se ha separado de mí en los veintiséis años que siguieron a ese día, salvo mientras duermo, y no lo cambiaría por ningún otro. En el transcurso de estos años me han regalado otros, pero esas hermosas piezas acumulan polvo encima de mi cómoda. Acabé por decirles a mis seres queridos que no valía la pena comprarme un reloj por mi cumpleaños, porque ya tenía el reloj que necesitaba.

Cuando dirigí la siguiente película, The Abyss (1989), conocí a toda clase de especialistas en el medio marino: exploradores de los grandes fondos que se convirtieron en asesores de la película, ingenieros en robótica que desarrollaron nuestros sumergibles teledirigidos, pilotos de submarinos científicos y buceadores experimentados que conformaban nuestro equipo de fotografía submarina. No me sorprendió comprobar que casi todos ellos llevaban un Submariner: estábamos estrechamente vinculados al océano y al buceo, y este reloj era el símbolo de nuestra comunidad.

Por naturaleza, no siento demasiado apego por las marcas. No soy fiel a ninguna marca de refrescos, zapatos o coches; ninguna me define tal y como soy. Sencillamente, no es así como veo las cosas. Pero si lo pienso bien, me sorprendo al comprobar cuánto ha significado para mí la marca Rolex después de tanto tiempo.

Decir que soy fiel a los relojes Rolex es un eufemismo. Ellos me han sido siempre fieles a mí, ofreciéndome la hora exacta en toda clase de condiciones extremas, desde el polo Sur hasta el pecio del Titanic, pasando por los exteriores de rodaje de las películas más difíciles que he dirigido nunca, e incluso en el Challenger Deep, el punto más profundo del océano. Mi forma de ser fiel es regalarle un Submariner a un amigo, sea buceador o no. Es el mejor cumplido que puedo hacer. Siempre he estado dividido entre dos pasiones: las artes y la narración por un lado, y la ingeniería y la física por el otro. Dirigir cine me ha permitido conciliar las dos y convertirme en un artista que se vale de tecnologías punta al servicio del arte. Para contar una historia, resulta que utilizo las tecnologías informáticas más avanzadas. Incluso sin efectos especiales, los métodos de rodaje clásicos siempre han recurrido a máquinas precisas: cámaras con sistemas ópticos y con los mecanismos más complejos jamás concebidos por el cerebro humano.

El ingeniero que hay en mí siente pasión por las máquinas de manufactura hermosa, ya se trate de un motor con turbocompresor, de la hélice de un helicóptero o del cohete de una nave espacial. Siempre me ha fascinado nuestra capacidad para crear máquinas de precisión que nos pueden transportar a lugares de otro modo inaccesibles: por el aire, a las profundidades marinas, incluso a otros universos. Cuando exploro entornos hostiles en condiciones extremas, mi vida depende de estas máquinas. En el fondo del océano, la desmesurada presión pone a prueba la solidez de los metales más resistentes. Sé que para sobrevivir debo fiarme de las leyes de la mecánica y de la calidad de fabricación de mi sumergible.

La verdadera elegancia es una forma de sencillez zen. La visualización de un reloj de buceo ha de ser simple y clara, ya que a cientos de metros de profundidad, en la oscuridad, la visibilidad es mala y la visión está distorsionada por la máscara, el casco, el efecto deformante del agua o, lo que es peor, la embriaguez de las profundidades. Quiero un reloj fiable, robusto, que resista a las condiciones más extremas. A pesar de la mala visibilidad y las fuertes corrientes, nunca he tenido dificultades para consultar mi Submariner. El bisel unidireccional es lo bastante grande para que resulte fácil de girar, su sistema de muescas inspira confianza. El brazalete es fiable, sé que no se soltará de mi muñeca; y sin embargo, es fácil de abrir y puedo ajustar su longitud rápidamente para adaptarlo a mi traje de buceo.

Y funcional como es, mi Submariner se presta perfectamente para los contextos más mundanos, ya sea una cena de esmoquin o una ceremonia sobre alfombra roja. Uno debería poder adaptarse a todos los medios y a todos los códigos sin dejar de ser uno mismo. Mi reloj de buceo Rolex me ayuda a mantener los pies en la tierra.

«He llevado el mismo Submariner en los submarinos Mir, durante mis 33 inmersiones al pecio del Titanic y en el escenario, cuando gané los Óscar por la película».

Como me siento igual de a gusto en los parajes más profundos y aislados del planeta que en las ceremonias más distinguidas, mi reloj es una buena elección, la única posible, para estos dos universos. No creo que exista otro reloj que se adapte igual de bien a dos contextos tan diferentes.

Por mi trabajo de explorador, de artista y de innovador, me siento unido al universo Rolex. Lo que he logrado me ha permitido formar parte de la familia de portadores de relojes Rolex que tantas cosas destacables han hecho en el ámbito del arte, el deporte, la exploración y la ciencia. Hombres y mujeres unidos por la excelencia.

Además aprecio especialmente este reloj en una muñeca femenina. Muestra a una mujer que no tiene miedo de afirmar que está a la altura de cualquier tarea, de cualquier desafío, y en cualquier contexto. Una mujer fuerte y competente que lleva en la muñeca un reloj que no representa necesariamente valores masculinos, sino simplemente humanos: fuerza, integridad, fiabilidad, elegancia y determinación.

Mi visita a los talleres Rolex de Ginebra hace unos años me hizo tomar conciencia del concentrado de savoir-faire y tecnología que contiene cada reloj Rolex. Me maravilló descubrir los procesos de fabricación, la excepcional calidad de los materiales, los criterios de extrema precisión, así como las innumerables etapas de control de la calidad. Pero lo que más me impresionó fueron las personas. Uno se imagina un proceso de fabricación impersonal, cuando en realidad refleja la voluntad y la pasión de quienes crean estos relojes. Es su orgullo y dedicación lo que hace que estas piezas sean tan fiables cuando nos acompañan a los lugares más inauditos y aislados de la Tierra.

Esté donde esté y haga lo que haga, el Rolex Deepsea con esfera D‑blue que llevo hoy, en todo momento, me recuerda un momento muy importante de mi vida, cuando mi pequeño equipo de diseñadores y yo construimos y posteriormente pilotamos el sumergible DEEPSEA CHALLENGER hasta el Challenger Deep. Nuestro sueño se había cumplido. Este reloj me convierte en miembro de la comunidad de exploradores que han llevado su Rolex a los confines de la Tierra, al igual que mi amigo Don Walsh, que llegó al Challenger Deep en 1960.

Desde hace casi un siglo, Rolex es sinónimo de éxito y exploración. Me enorgullezco de aportar mi modesta contribución a esta gran tradición.

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